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08/03/2013

El País [Es]: Entrevista previa concierto Sala El Sol, Madrid [10-3-2013]

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La segunda vida del maldito

El cantautor británico Nick Garrie exhibe en la sala El Sol su retorno definitivo una vez aireada su leyenda subterránea. “Hola, aún estoy vivo”, se presenta en cada uno de sus conciertos

 

 

 

Imaginen a un tipo en edad madura que teclea su nombre en un buscador para echarse unas risas y descubre ser el firmante de un disco maldito al que se rinde culto en Internet. Al pasmo solo le puede seguir un escueto correo electrónico: “Hola, soy Nick Garrie. Aún estoy vivo”. Y así abre los conciertos de su segunda juventud el hombre que actúa este domingo en la sala El Sol. Garrie (Yorkshire, 1949) es el autor de The nightmare of J.B. Stanislas, una joya perdida hasta su reedición en 2005 del pop orquestal de finales de los sesenta. “Los coleccionistas llegaban a pagar 1.000 euros por alguna de las pocas copias disponibles”, se sorprende aún el músico británico, al habla en plena gira española y por entonces reconvertido en profesor de francés. “Soy hijo de ruso y escocesa, me crié en París hasta los seis años”. Y en lo artístico lleva un lustro vinculado a la discográfica madrileña Elefant, experta en exquisiteces pop y casa de su reciente single, Rainy days in sunny Sidney. Antes ya le publicó un nuevo álbum, 49 Arlington Gardens (2009), y la reedición ampliada de su obra magna.

En la capital francesa grabó en 1969 ese trabajo de fallida distribución cuya leyenda le ha devuelto a la música. Y aquel no fue un gatillazo cualquiera: “El dueño del sello DiscAZ, Lucien Morisse, se suicidó a los pocos días de que el disco estuviera listo. La responsable de ventas me decía: ‘vete a los Campos Elíseos que pronto estará allí en las tiendas’. Tras seis meses de espera, decidí dar carpetazo”. Era la culminación desastrosa de un proceso de por sí agridulce, en el que a Garrie se le impuso la presencia de la orquesta. Una idea del productor Eddie Vartan (el hermano de Sylvie): 56 músicos tocando temas concebidos para un acompañamiento mínimo. “Me veía incapaz de reconocer mis propias canciones”, confiesa Garrie. Esos suntuosos arreglos se llevaron al directo por primera vez en el festival Primavera Sound de 2012. Una excepción. A Madrid acude ahora Garrie en esencia: voz y guitarra.

La carrera del británico se ha entreverado con todo tipo de oficios, de conducir un autobús a llevar un centro de esquí en Suiza o convertirse en fabricante de globos publicitarios. Y la jalonan más desencuentros con sellos y productores. The nightmare of J.B. Stanislas vino precedido en DiscAZ por un single que nunca vio la luz, con Mickey Baker en la pecera. “Tenía un ojo de cristal, y cuando probaba el dry Martini le daba por cambiárselo. Al principio me consideraba un pijo, él venía de una familia muy pobre. Y me contaba que al triunfar con Love is strange [gran hit del dúo Mickey & Sylvia] buscó el mejor restaurante y, como no sabía leer, señaló en la carta las letras más grandes. Resultaron ser un helado”.

Garrie estudió en un internado en Norwich (“cantaba en el coro de la catedral, donde aprendí todo sobre armonías”) y en la Universidad de Warwick, aunque nunca actuó en el circuito universitario. “Busqué mi propia alternativa, tocar con un amigo por el sur de Francia, siempre mis propias canciones. En Saint-Tropez conocimos dos chicas, una era belga y acabó cantando en un tema que registré en Bruselas,Cambridge town. Lo acaban de incluir en un filme indie estadounidense y no sé decirles ni cómo se llamaba ella”.

A mediados de los setenta, Garrie reapareció con Un instant de vie, disco a medias con el oscarizado Francis Lai de Un hombre y una mujer Love story. “Participé incluso en una gira japonesa con su orquesta”. Y de cuidar años en casa a sus tres hijos mientras su mujer trabajaba fuera a un nuevo regreso en formato largo, Suitcase man (1984). Otro mal recuerdo: “Se lo dediqué a mi madre que acababa de fallecer, mi mayor apoyo en lo artístico. Y el sello español que lo sacó nunca me pagó”. Garrie prefiere olvidar el nombre de la etiqueta. La historia suena alucinante si se piensa que el álbum, cocinado en Londres con la banda de Cat Stevens, escaló en España hasta la cima de las listas, lo que le permitió telonear a Leonard Cohen. “Eso fue lo único bueno, tratar a ese tipo fantástico, generoso y divertido. Recuerdo charlar con él en Bilbao sobre la confluencia de energías entre público y cantante”. Algo más que probable en Madrid, vistas sus anteriores visitas. “Ya me lo dijo Cohen: ‘el español es el mejor público del mundo’. Solo he encontrado una respuesta parecida en Nueva York”.


 


 

 

 

 

 

 

 

 

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